La finca de Pilar y Cipriano
Mis abuelos Pilar y Cipriano heredaron de sus primos Joaquín Buitrago (el "tío Joaquinito") y su esposa cubana Josefa Sánchez del Arco unos castañares que ellos habían ido comprando alrededor del Santuario de San Pedro de Alcantara. Debió de ser hacia el año 1913, a la muerte de esa "tía Pepita" por quién mi madre recibió el nombre. No sabemos la superficie que tenía esta finca, pero no debía ser importante.
La zona se conocía en la comarca como "Barranco de San Pedro". Es el valle que forma el arroyo de la Avellaneda, arroyo que entonces no debía llamarse así pues los avellanos que le dan su nombre los plantó mi abuelo. En aquella época era bastante caudaloso, incluso en verano; en él nos bañábamos los nietos de Cipriano y pescábamos peces.

Era y es un valle que por la calidad de la tierra, por la humedad permanente y porque los árboles se deben estirar para buscar la luz, siempre ha producido una gran calidad de madera.
Los abuelos fueron comprando pequeños castañares que lindaban con su finca; de ello tenemos constancia pues todavía en nuestras escrituras se citan numerosas veces "compra del castañar de ....". Y así, poco a poco, llegaron ha poseer una finca de cerca de 300 hectáreas, sin duda el mayor pinar de la zona en manos privadas. Los castaños debieron sufrir la epidemia de la Tinta y fueron sustituidos progresivamente por pinos; todavía hoy día, en la finca nuestra, se encuentran algunos castaños; yo intenté introducirlos de nuevo por la calidad de su madera y por la dificultad que tiene para arder, pero lo hice con castañas ... que se comieron los jabalís.





En el año 1923 se construyeron una casa junto al Santuario, conocida desde entonces como el "Chalet de San Pedro". Para el jardín trajeron todas las plantas de un vivero en Reus.
En ella pasaba la familia de Cipriano y Pilar prácticamente la mitad del año: desde Semana Santa hasta la fiesta de San Pedro en octubre.
En ella estaban cuando estalló la Guerra Civil en 1936, ... y no se les ocurrió mejor cosa que refujiarse en el Convento, que para ello tuvo que levantar la calusura.
Aunque las que más vivieron con sus padres fueron sus tres hijas, el chalet de San Pedro fue siempre un punto de encuetro de toda la familia.
Sus hijas Pili y Pepita pasaban en él aquellos largos veraneos de tres meses; todavía me pregunto cómo podíamos caber seis personas mayores, siete niños y tres o cuatro chicas de servicio. De ahí el apodo que le pusimos: "Villa numerosa"
A la muerte de Cipriano en 1954 el chalet pasó a su hija soltera Mercedes, que seguió recibiendo para veranear a sus dos hermanas hasta su muerte en 1977.
Y a la muerte de ésta se lo dejó en legado a su sobrina y hermana mía Tilona, con usufructo a su madre Pepita. Desgraciadamente Tilona murió antes que su madre; ésta siguió pasando en él todos los veranos hasta su muerte el año 2006.
En hecho de ser la única casa cercana al convento, y el que el camino desde Arenas era bastante impracticable hasta 1960, hizo nacer una gran amistad entre la familía Bardají y los padres franciscanos del convento. Recuerdo de mi juventud que habitualmente bajaban varios padres a merendar al chalet todos los días. Y uno de ellos, el padre Nicolás, era el profesor de francés de los nietos de Cipriano.


La gestión del pinar hasta la muerte del abuleo Cipriano era un tema muy importante económicamente: el precio de la madera de pino era muy alto y en Arenas llegó a haber hasta 8 serrerías. Los abuelos, y posteriormente mis padres, utilizaban el pinar a modo de banco realizando cortas cuando necesitaban tesorería. Eran aquellas cortas realizadas con hachas, los pinos arrastrados por mulas hasta "la nogalera" y allí cargados en carros para llevarlos a la serrería.
La importancia económica de la madera y el nivel bajo de los salarios hacían que se prestara mucha atención al cuidado del monte. La mitad del año había un lumbrero que vivía el solo en la "casa del lumbrero", casa de una sola habitación que se encuentra en nuestra finca; dede ella vigilaba la aparición de la más mínima columna de humo y daba el aviso... con una trompeta; tocaban a arrebato todas las campanas del Convento y de las iglesias de Arenas, y el recuerdo que tengo de niño es que se desplazaba todo el pueblo: los hombres para apagar el fuego y las mujeres para llevarles agua.
Durante el buen tiempo siempre había cuadrillas de peones limpiando el monte, que en algunos lugares recuerdo que le tenían como un jardín. Y se hacían "entresacas" para cortar los pinos deficientes, dejando que sólo se hicieran viejos los muy rectos.
El abuelo Cipriano se adelantó a la teoría hoy día muy preconizada, y en la época estival hacía subir de La Tablada su piara de cabras para que pastaran por el monte haciendo cortafuegos. Por las noches se ordeñaban y se guardaban en la "Majada de las cabras" cuyas ruinas están en nuestra finca; a ella íbamos todas las tardes los nietos para bajar al chalet la leche que consumíamos, ... y que acarreó a mi hemano Pepe unas "fiebres de malta".
Todo se hacía bajo el control el guarda de la finca (Emeterio, Andrés, ...) que vivía en la pequeña casa entre el chalet y la cuadra. Además, todos los días recorría una parte de la finca para evitar que nos robaran pinos. Y en la fiesta de San Pedro organizaba la acampada de los peregrinos lagarteranos que llegaban en carros y caballerías.
Foto de la majada
Fotos de Mariano Crespo